Un ornitorrinco en mi colegio

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Diputación de Ciudad Real-Área de Cultura
Biblioteca de Autores Manchegos,
Colección Infantil-Juvenil Calipso nº9
Ciudad Real, 1999
Prólogo: Carlos Murciano
Ilustrador: Fco. José Marchante Fernández
Págs. 65
Edad recomendada: De 8 a 12 años
 

Relato infantil narrado en primera persona por un alumno de tercero de primaria quien compartirá protagonismo con todos sus compañeros de clase, con los profesores del colegio y, por supuesto, con un extraño visitante, un ornitorrinco que se convertirá para todos ellos en la mascota amiga.


COMIENZO DEL LIBRO

 

UN ORNITORRINCO EN MI COLEGIO
EL BICHO RARO

El día que apareció el ornitorrinco en mi colegio era viernes. Un viernes nublado, como los días que más les gustan a los ornitorrincos.

Todos los chiquillos andábamos alocados. No en vano, era viernes, último día de la semana para estudiar. Las asignaturas de ese día no eran demasiado fuertes y los chicos y chicas nos contagiábamos con nuestras bromas y nuestros juegos.

Por el camino, mi amigo Ramón, se empeñaba en colocarme la capucha del abrigo. A mí esta broma no me gustaba nada, entre otras cosas porque no podía responderle con lo mismo ya que mi amigo Ramón no llevaba capucha.

Las tres primeras veces que me la puso yo me reí con ganas pero, perdí la cuenta de las veces que lo hizo y la broma empezaba a hartarme. A mi amigo Ramón le gusta mucho el fútbol, un tío suyo es futbolista de un equipo importante de mi ciudad. Mi amigo Ramón siempre llevaba unos zapatos deportivos de reglamento. Él decía que eran los auténticos zapatos del equipo de la Selección.

A mí no se me ocurrió otra cosa que darle un pisotón no muy reglamentario en sus muy reglamentarias zapatillas y salir corriendo. Mi amigo Ramón salió también corriendo detrás de mí y así entramos los dos en el colegio.

En el patio de recreo ocurría algo extraño: En lugar de formar filas, los chicos y las chicas se agolpaban alrededor de la fuente.

Mi amigo Ramón y yo preguntamos lo que pasaba allí. Una niña con cara de sabelotodo nos respondió:

– En la fuente está nadando un bicho raro.

– Sí, sí… Un bicho raro – corrigió un chico grandote de quinto -. Eso es un pato.

– Los patos no bucean o es que nunca has visto un pato en el agua – insistió la niña con el ceño fruncido.

– Para que lo sepas… – dijo el chico dando muestras de impaciencia -. Una vez estuve una tarde entera en Las Tablas de Daimiel viendo patos distintos, desde un observatorio para aves acuáticas. Yo sé mucho más de patos que tú y te digo que eso que bucea es un pato. No hay más que mirarle el pico.

– ¿Y dónde tiene las plumas? ¡Listo!

Mi amigo Ramón y yo seguíamos sin ver nada salvo la coleta de la niña que se movía de un lado para otro para mirar mejor al bicho raro.

… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …

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