Pasos contados

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Intuición Grupo Editorial S.L.
Colección narradores castellano-manchegos nº 12
Puertollano (Ciudad Real), 2001
Fotografía de cubierta: Pilar Horta
Págs.: 101
Edad recomendada: Adultos

Consta de una serie de relatos cortos, algunos galardonados en importantes certámenes. El conjunto de textos constituye una muestra de su obra narrativa para mayores.

En alguno de estos pasos contados se muestran rasgos, sendas y aspectos humanos, fruto de la reflexión de la autora acerca de la realidad. En otros pasos se dejan ver sus preferencias cervantinas o la mujer se hace protagonista para expresar de forma sincera sus inquietudes y problemática o aparecen temas muy equidistantes como la drogadicción, la vendimia, la vejez, la gastronomía, la literatura, el racismo, los malos tratos, el circo o la paz.


COMIENZO DEL LIBRO

 

PARA ELISA
 

Elisa nunca tuvo juguetes; a decir verdad, jamás los echó en falta. Con menos de un año, su mayor entretenimiento era jugar con paletas, escurreverduras, sartenes, tapas de cacero-las y miguitas de pan en un rincón de la cocina. Por las tardes, sentaba al gato familiar en su regazo y le ofrecía un plato de leche tibia con canela, único manjar que ella sabía preparar, dada su corta edad, encaramándose al especiero y derramando la mayor parte en los bigotes del paciente felino.

Las primeras palabras que llegó a pronunciar con algo de sentido y con su media lengua fueron ajo, agua y patata; tres ingredientes imprescindibles para crear un menú barato, pero exigente a la hora de añadirle un buen punto de imaginación y fantasía.

Con seis años se dedicó a hacer tartas de arena y barro con el molde de un cubo, decorándolas con hojas de morera, péta-los de rosa y flores de manzanilla. Sus tartas causaban sensa-ción en el barrio por su vistosidad y por la manera tan original que la niña tenía de ensuciar y ocupar las aceras.

Con doce años ya relevaba a su madre en los fogones en ausencias forzadas, elaborando platos sencillos que ella le enseñaba, tales como almoronía, pelluelas, sopaipas, atascaburras y tumbalobos.

Las vecinas fueron las primeras en disfrutar la fama de gran cocinera que se ganó Elisa en el barrio. A eso de las doce del mediodía, un tufillo característico al pasar por su ventana, les hacía murmurar:

– ¡Es Elisa haciendo la comida!

El aroma de sus guisos se extendía por la ciudad con la misma intensidad que avanzaba su prestigio de buena restauradora. Le llegaron ofertas de trabajo para dirigir las cocinas de los más consolidados restaurantes de la comarca. Cuando se decidió por un asador especializado en pavos, patos y pin-tadas a las finas hierbas, que a buen seguro hubiera consa-grado su algo más que incipiente carrera, se quedó huérfana y hubo de renunciar para dirigir culinariamente el hogar con cinco comensales que su madre dejó en este mundo formado por ella, su padre y sus tres hermanos.

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