De cómo un epitafio de Cervantes pudo servir de algo

Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondió don Quijote”, en el capítulo sesenta y cuatro de la segunda parte de El Quijote de 1615. Se lo decía a Sancho, pues juntos debían de cruzar un mar y el escudero se hallaba quejando. Muchas son las referencias sobre la muerte que hay en la obra inmortal de todos los tiempos. “De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte”. Es el título del último de los capítulos. Después a la sobrina le diría al final de su vida: “Yo me siento, sobrina, a punto de muerte puesto que lo he sido [loco], no querría confirmar esta verdad en mi muerte”. Es cuando se dejan las últimas voluntades y Cervantes lo hizo a través de El Quijote. “Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho”. Es cuando pide un confesor y que no haya más burlas. En las últimas líneas de la obra se pide “Que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote”.

Y es que no hay nada como un buen epitafio para salvaguardar los deseos dispuestos en vida. Cervantes escribió más de un epitafio en la novela, sirva como prueba éste famoso epitafio final que pone en boca de Sansón Carrasco, amigo de la familia de Alonso Quijano, y con quien corrió tantas aventuras: “Yace aquí el Hidalgo fuerte / que a tanto estremo llegó / de valiente, que se advierte / que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte. / Tuvo a todo el mundo en poco; / fue el espantajo y el coco / del mundo, en tal coyuntura, / que acreditó su ventura / morir cuerdo y vivir loco”.

Hay cervantistas, como Jaime Fernández S.J., que piensan que este epitafio fue más un epitafio para el mismo Cervantes que para don Quijote. En cualquier caso no le sirvió de mucho dejar estas palabras escritas en su novela, cuando no ha conseguido que pasados cuatrocientos años, y tras perder sus restos funerarios, los humanos estén algo locos, y no le dejen en paz como costumbre es cristiana. Todo un ejército de investigadores vestidos de blanco, tienen un proyecto con aparentes grandes resultados, incluyendo una rueda de prensa espectacular que consiga apoteósicamente dar la gran noticia de que puede haber algún hueso en un montón de polvo enamorado, que diría uno de sus compañeros del Siglo de Oro. Lo verdaderamente espectacular sería la bajada del IVA cultural que todos esperamos, por lo menos antes que la bajada a las catacumbas trinitarias para probar una vez más que en este país nunca se lee lo suficiente.

Lástima que Cervantes no hiciera lo que su compañero de letras, el coetáneo William Shakespeare, y mandara poner un epitafio en su tumba que dijera: “Buen amigo, por Jesús, abstente / de cavar el polvo aquí encerrado. / Bendito sea el hombre que respete estas piedras / y maldito el que remueva mis huesos”. ¡Cualquiera se convierte así en arqueólogo! Antes de bajar y de seguir buscando, un referéndum de escritores haría yo con eso, nos sorprenderían las respuestas y los resultados.

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