La hora de José M (de manchego)

Es curioso, como la curiosidad de la Vieja l´ Visillo, que no parece que José Mota haya salido de Montiel, su localidad natal, u otras localidades de Ciudad Real, para grabar los episodios de sus programas de humor. Las cortinas en las puertas, las ventanas y los visillos nos llevan a unas viviendas de planta baja, con patio y corral, con pajar o sin él, casas de pueblo y tras ellas, tras ese paisaje, saliendo o entrando, saltando, actuando o interactuando, los personajes manchegos por excelencia como el Tío de la Vara o la Vieja l´ Visillo, por citar los más representativos.

Si repasamos el fino humor manchego de José Mota veremos a un Tío de la Vara rudo, rural con calzones de pana, con vocabulario y maneras de antaño, con pañuelo de cuatro nudos, a la manera de transportar paja a los graneros con las yuntas, un labriego que viene a salvar el mundo (agrario o no, de hecho contrasta y se contrapone al mundo urbano) y nos lleva a vendimiar a todos, como solución a tanta tontería y falta de esfuerzo y trabajo como tenemos en nuestra sociedad, criticando lo fácil, los pelotazos, los sobornos, la prevaricación, las insidias.

En el vocabulario de José Mota a través de sus personajes aparecen palabras como “capital” refiriéndose a los bienes monetarios que ahora llamamos liquidez; o “pregonar” a cuando se habla más de la cuenta; frases como “¡Gracias a Dios!”, con su sorprendido apócope “¡Gra!” que indica lo mismo que “te paece que” aludiendo a “¿te parece que está bien…?; personajes como la Vieja l´ Visillo han emigrado de su pequeña aldea o localidad hasta llegar a cualquier lugar: empresa, parque, calle, cola del paro, consulta médica o el mismísimo despacho del Rey, y ella, ya saben “no se echa na al bolsillo”, pero se alimenta de todos los comentarios, de tal forma que disfruta si hay de qué hablar y sufre si no hay comidilla o ayuna de información no ya local, sino nacional o internacional.

A la Vieja l´ Visillo le gusta introducirse en nuestras vidas para meter cizaña porque sabe todos los secretos. El problema es que necesita hacerlo, como necesitaría un especialista de la mente o un par de distracciones que le alegren la vida, porque la pobre no tiene mucho mundo, no ha salido mucho más allá de su visillo, ese que deja ver y no permite que le vean, condenada a transportar su propia ventana con reja incluida como parapeto de defensa. Es inocente y malvada al mismo tiempo. Es espía cateta, local e internacional, los geniales contrastes de Mota.

Pero él no se queda ahí en los personajes anónimos de nuestra tierra, los enfrenta a importantes personajes históricos en los “momentos muertos de la historia”, colocándolos en posiciones incómodas y apuradas, evacuando tras los árboles, porque todo es necesario, también en personas refinadas.

La hora de José Mota de los viernes se puede extrapolar a cualquier hora en la que queramos pasar un buen rato riendo y recordando nuestras raíces que son las suyas.

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